La puerta de una acogedora casa en Twentynine Palms —una ciudad en el desierto de California— se abre y ahí está Jacob Elordi —vestido con una camisa holgada confeccionada en lino, desabrochada hasta el pecho— y su metro ochenta y cinco llenando el acceso como si estuviera en Cribs de MTV. Mientras me invita a pasar, me cuenta que acaba de regresar de Europa: vio el Grand Prix de Fórmula 1 en Mónaco y a los Rolling Stones en Madrid. Sin embargo, al aterrizar en Los Ángeles, sintió la necesidad de volver a viajar. Así que el actor australiano de 25 años se subió a su Range Rover y condujo dos horas y media hacia el Este, pasando por Joshua Tree, hasta este
alojamiento. “Podría vivir aquí”, dice, sentándose con las piernas cruzadas en un gran sofá blanco. “Es hermoso. No tienes que ver a nadie”. Aunque Jacob Elordi, con la altura de un jugador de la NBA, está acostumbrado a destacar; la rapidez de su ascenso a la fama lo ha dejado un poco perdido.
La chispa que encendió su carrera
Hace cinco años el actor australiano, e icono de estilo Jacob Elordi acababa de salir de la preparatoria en su Brisbane natal. Entonces llegó un papel como el atractivo Noah Flynn en la película de Netflix El stand de los besos, que fue vista por decenas de millones de personas —el codirector general de Netflix, Ted Sarandos, la calificó como “una de las cintas más vistas del mundo ahora mismo” tras su estreno en 2018— y lo convirtió en una celebridad de la noche a la mañana. No se trata de una metáfora. El gigante del streaming lanzó el largometraje a medianoche en Los Ángeles, así que Jacob Elordi se fue a la cama como un chico normal y se despertó con cuatro millones de nuevos seguidores en Instagram. “Tuve que revisar y borrar mis fotos de la preparatoria, porque ese era el Instagram que usaba para mi vida”, revela. “Me gustaría que la gente pudiera entender lo drástico que fue ese cambio”.
Si esa fue la chispa que encendió su carrera, lo que vino después fue un incendio: un papel protagónico como Nate Jacobs en Euphoria, el exitoso drama de HBO sobre las depravadas vidas de un grupo adolescente de la Generación Z. La primera temporada se emitió en 2019 con gran éxito. Entonces, llegó la pandemia y ese incendio forestal se convirtió en una supernova: el público cautivo en casa encontró una vía de escape en el mundo de una preparatoria hedonista, un universo perturbador y embriagador por igual. La euforia estalló y cuando se emitió la segunda
temporada este año, 19.5 millones de espectadores sintonizaron cada episodio, la mayor cantidad para cualquier programa de HBO que no fuera Juego de Tronos desde 2004. De pronto, Jacob Elordi se convirtió en el atractivo villano de una serie que captó el espíritu de la época y, desde entonces, se encontró tratando de navegar en una corriente de celebridad.
Jacob Elordi vino a Twentynine Palms para distanciarse de su vida en Los Ángeles y prepararse para su próximo papel como aristócrata británico en Saltburn, la continuación de Hermosa venganza de la directora Emerald Fennell. A sugerencia de ella, Elordi ha estado leyendo Brideshead Revisited para meterse en el personaje y explica que su atuendo —una camisa holgada y un pantalón de lino— es un intento de habitar el “privilegio” de los protagonistas de la novela. Ya puede sentir que comienza a encarnar la piel de su nuevo personaje. “Cuando estoy aquí”, dice, “puedo ser cualquiera o hacer cualquier cosa”.
Desde muy joven, Jacob Elordi ha sabido quién quiere ser: los actores que creció venerando fueron leyendas como Marlon Brando y Laurence Olivier, pero también otros más recientes, de la talla de Heath Ledger y Christian Bale. En la preparatoria empezó a leer sus biografías y perfiles; además, se escapaba a la biblioteca para ver sus películas. Se perforó las orejas porque Daniel Day-Lewis lo hizo. Lleva una medalla de San Cristóbal, como hacía Steve McQueen. Carga su guion de Saltburn en una desgastada carpeta de cuero que perteneció a Gary Oldman —regalo del hijo de Oldman, Charlie, un amigo cercano—. Jacob Elordi ha pasado años emulando a estas estrellas y tiene el aspecto clásico de Hollywood que, algún día, podría situarlo en sus filas —cejas fuertes, ojos expresivos—. De hecho, si entrecierras los ojos, te encontrarás con una versión muy alta de Jeremy Irons en Brideshead de los años 80.
No obstante, el australiano también se enfrenta a algo que sus ídolos nunca tuvieron que afrontar, pues de la noche a la mañana encontró la fama de la forma más moderna: con millones de nuevos seguidores en Instagram. Eso sería una experiencia desorientadora para cualquiera, pero ha sido
especialmente desafiante para un alma vieja como Jacob Elordi. Y eso hace que te preguntes: ¿Podrá este joven y floreciente actor conjurar las carreras duraderas de sus héroes de la pantalla grande en la era de TikTok? Su lista de próximos proyectos sugiere que está en camino: además de Saltburn, en la que actúa junto a Rosamund Pike, aparecerá en un thriller con Zachary Quinto y en una roadmovie realizada por un colaborador de los hermanos Safdie. Sin embargo, se ha dado cuenta de que cuando la cámara deja de rodar, las dudas existenciales se presentan. “Veo un precipicio y me tambaleo en el borde”, dice. “Mi miedo es: ¿de qué paso no se puede
volver?”.
El nacimiento de Elordi
Euphoria es una serie sobre la vida en la preparatoria, de la misma manera que Drive to Survive es un serial sobre autos. Los chicos de East Highland High hacen lo que la mayoría de nosotros hicimos cuando éramos adolescentes, sobrepasar los límites, pero lo llevan al extremo, con muchos más opioides y looks aún más reveladores. Es emocionante y aterradora al mismo tiempo, y eso se debe, en gran medida, a que la estética de neón y brillantina del creador Sam Levinson capta lo intenso y dramático que puede ser la preparatoria. Solo que ahora se intensifica. Para esta generación, la ansiedad que una vez sentiste al entrar en la cafetería —esa sensación de
averiguar quién eres mientras todo el mundo te mira— te sigue a todas partes donde haya WiFi. Euphoria es un serial acerca de la construcción de tu identidad en un mundo inmerso en la virtualidad y el doloroso proceso de cerrar la brecha entre lo que eres y lo que quieres ser.
El personaje de Jacob Elordi, Nate Jacobs, atraviesa esa ruptura de forma aguda. En la superficie, se trata del clásico chico malo de la televisión: el mariscal de campo que ama el gimnasio y tiene un lado oscuro de macho alfa. Sus comportamientos tóxicos incluyen, entre otros, beber (y conducir), chantajear, agredir, asfixiar, catfishing, gaslighting, más agresiones y tener sexo con la ex de su mejor amigo (quien también resulta ser la mejor amiga de su ex). En su interior, sin embargo, Nate Jacobs está inmerso en una lucha con un secreto: cuando era joven, descubrió el escondite de su padre, donde guardaba grabaciones manteniendo relaciones sexuales con hombres jóvenes y mujeres trans. Por ello, gran parte de lo que hace Nate está
destinado a cultivar una identidad supermasculina que cree que podría protegerlo de convertirse en su progenitor.
Interpretar a Nate Jacobs, según me explica Jacob Elordi, es una cuestión de imaginar lo contrario de su propia experiencia como adolescente. Menciona que su padre es un “tótem del tipo de hombre que me gustaría ser”. Pintor de casas de profesión, John Elordi pasó 13 años construyendo el hogar de Brisbane en el que creció, inculcando a su hijo la ética del trabajo y la resiliencia. Su papá se alegra por él, dice Jacob Elordi, aunque no entienda del todo la nueva vida de su famoso hijo. “Todavía me dirá: ‘¿Vas a rodar la de los besos? ¿En el stand?’. ‘No, papá, estoy haciendo buenas películas, lo juro’. ¿Esa en la que eres estadounidense? ‘Soy estadounidense en todas ellas, papá’”, comparte el joven.
Pero la relación más estrecha de Jacob Elordi es con su madre, Melissa —se refiere a ella como “el ser humano más presente, cariñoso, bello y angelical de este planeta”—, quien se involucra un poco más en cada uno de los personajes de su hijo. Después de que Nate Jacobs fuera arrestado en la primera temporada por agredir a su novia, llamó a Jacob, claramente molesta. “Creo que lo ve como a mí”, dice. Siendo ama de casa, se ofreció como voluntaria para trabajar en el comedor escolar de su hijo, así que todos los días, mientras él comía el almuerzo que sus padres le preparaban, también podía pasar tiempo con ella. Sus papás tienen camisetas con estampados de casi todos los personajes que Elordi ha interpretado.
Jacob Elordi empezó a obsesionarse con la actuación cuando tenía 12 años, la edad en la que Nate Jacobs, en Euphoria, comenzaba a esculpir su identidad de macho alfa, desarrollando una rutina con flexiones y gritos tan fuertes que nadie podría acusarlo de ser afeminado. Aunque Elordi era un actor emergente, también era un atleta, miembro del equipo de rugby del colegio y empezaba a sentir la dicotomía entre ambos mundos. “Desde el momento en que hice una obra de teatro me llamaron gay en la escuela”, me dice. “Pero tenía mucha confianza en mí mismo. Porque podía hacer las dos cosas: Era bastante bueno en el deporte y creo que era bastante bueno en el teatro. Sentía que estaba por encima de eso, o que me hacía sentir mayor. Me hacía sentir más sabio. Nunca me preocupó que mis compañeros pensaran que era menos hombre. Y, además, está el clásico asunto de que hacía obras con escuelas de niñas. Pasaba los fines de semana con las mujeres más bellas del colegio cercano, leyendo las palabras más románticas jamás escritas”.
En aquellos días, uno de sus papeles fue el de Oberón, el Rey de las Hadas, en El sueño de una noche de verano de Shakespeare. Me cuenta que le entusiasmaba la posibilidad de interpretar un Oberón que trasgrediera las líneas convencionales de género. Llevaba una chaqueta de cuero y anillos en los dedos. “Cuando me dijeron que era gay, recuerdo que me incliné por el maquillaje”, dice Jacob Elordi. Llevaba brillantina en el rostro y el cabello con mechones rosas. “Me dije: si voy a ser el Rey de las Hadas, voy a ser el maldito Rey de las Hadas más sexy que hayas visto nunca”. La experiencia fue transformadora. “Empecé a dar la bienvenida a ese tipo de personajes. Empecé a acoger la feminidad. Empecé a hablar con las manos. Empecé a interpretar de verdad a un actor”.
Jacob Elordi comenzaba a comprender el poder de subvertir las expectativas y eso le emocionaba. “Disfruté haciendo de actor”, dice. “Me alejé de la cultura de la cerveza y de la cultura del deporte, y me dije: ‘Bueno, si creen que esto es gay, voy a ser quien soy cuando era tu amigo, que es ese tipo heterosexual, pero voy a hacer arte. Voy a hacerlo y voy a demostrarte que eso es una tontería’. Nunca pude entender cómo es que puedes etiquetar algo. ¿Cómo puedes etiquetar el deporte como masculino? ¿Cómo influye tu sexualidad en tu destreza como atleta o en tu destreza como artista?”.
En ese momento crucial de su joven vida, un instante en el que muchos de nosotros nos alejamos de ciertas actividades por miedo o por la presión de los compañeros —las mismas fuerzas que dan lugar a la crisis de identidad de Nate Jacobs—, Jacob Elordi encontró una firme seguridad en sí mismo. “Tenía mucha confianza en la escuela, así que pude recorrer ese camino por mí mismo”, recuerda. “Jugar rugby hacía que mi padre se sintiera orgulloso. Estar en el teatro enorgullecía a mi madre. Así que si podía desempeñarme en las dos partes de como me criaron, entonces ¿cómo iba a perder? Y eso parece algo retrospectivo, pero lo sabía en ese momento. Y lo sigo llevando ahora. Espero que eso sea la actuación en Euphoria. Es músculo y corazón. Es Montgomery Clift y Marlon Brando”.
La euforia por Elordi
El stand de los besos se rodó en Sudáfrica y tras finalizar la filmación, en 2017, el australiano tomó sus maletas y se mudó a Los Ángeles. A veces estacionaba su Mitsubishi 2004 en Mulholland Drive y dormía all��. “No estaba consiguiendo trabajos”, recuerda. “Creo que tenía, no sé, 400 u 800 dólares en mi cuenta bancaria, y Euphoria fue mi última audición antes de volver a casa por un tiempo para ganar algo de dinero y recuperarme”.
Por supuesto, consiguió uno de los primeros papeles que se le asignaron. Pero cuando llegó el momento de rodar el piloto, uno de los productores se dio cuenta de que Jacob Elordi pasaba un tiempo desmesurado en su tráiler y en el auto que estacionaba junto a él. “Mi coche era como el de un acumulador, lleno de cajas, ganchos y cosas”, dice. El productor le consiguió una habitación en el Standard de West Hollywood y desde entonces vive en Los Ángeles. “Tuve mucha suerte”, recuerda. “Lo cual es complicado en una ciudad así, ¿sabes?”.
Jacob Elordi sigue agradecido por su buena suerte, incluso en los días más extenuantes. En el set de Euphoria, los rodajes de Sam Levinson pueden ser largos e intensos: la filmación de la fiesta de Nochevieja que da comienzo a la segunda temporada duró toda la noche, una experiencia que Jacob Elordi había descrito anteriormente “como estar en el infierno”. Sin embargo, cuando hablamos en junio, él lo recuerda de forma diferente. “Para mí, trabajar en ese set es un auténtico placer”, confiesa. “Cuando trabajo con Sam, estoy en las trincheras con él, confío en él y lo doy todo por él. Creo que he leído a la gente decir: ‘Mira, esa es una mala imagen para establecer, no deberías tener que darlo todo por el arte’. A la mierda con eso. Yo lo disfruto”. Jacob Elordi subraya que no quiere minimizar la experiencia de nadie que pueda sentir lo contrario, sin embargo, señala que una de las razones por las que Euphoria tiene tanto éxito y es una de las mejores series de HBO, es por las largas jornadas de rodaje. “Lo que todo el mundo está viendo, las tomas de las que la gente habla, las sensaciones que les produce, la conversación que hay en torno a la serie, es porque ciertas escenas llevan 30 o más tomas”.
Eric Dane, quien interpreta a Cal, el padre de Nate Jacobs, reconoció en Jacob Elordi la capacidad de un veterano para soportar esas largas jornadas. “Hay un nivel de concentración que debes mantener a lo largo del día para poder permanecer en ese punto de control y seguir ofreciendo la actuación una y otra vez, y él lo tiene”, me dice Dane vía telefónica. “Tiene ese encanto gregario y tonteamos mucho, pero siempre está concentrado y preparado”.
Para encarnar la piel de Nate Jacobs, Jacob Elordi asistió a un gimnasio en el que entrenaban los tiktokers, observando cómo se movían esos chicos y cómo hablaban con las chicas, qué canciones les hacían golpearse el pecho (“mucho Pop Smoke”, recuerda). Y como Nate Jacobs puede ser un maníaco cazador, recurrió a una fuente de inspiración muy concreta: los documentales sobre tiburones. “Él siempre está mirando”, dice. “Se topará con alguien en el pasillo, como un tiburón cuando prueba la pierna de alguien: entonces sale de las profundidades y simplemente lo aniquila”.
Incluso llevó este nivel de intensidad a su preparación para El stand de los besos, un enfoque que, en retrospectiva, admite que fue un poco absurdo. La película se basaba en una novela para adolescentes que el actor leía como si fuera un texto sagrado, y cuando notó discrepancias entre el guion y el material original, hizo notar el error. “Recuerdo que dije: ‘Él fuma en el libro. Necesito fumar. Necesita cigarrillos. Es un chico malo’”. Le informaron que, por desgracia, eso no iba a ocurrir. “Pensé: ‘¡Esto es una estupidez!’. Recuerdo haber peleado por ello. Me decía: ‘¿Estamos mintiendo a los malditos millones de niños de 14 años que hay ahí fuera? Este tipo fuma nicotina. Lo dice aquí, en la página cuatro, ¡mira!’. Me imagino que la gente pensaba: ‘Jesucristo. ¿Este tipo habla en serio?’”.
La cuestión es que él se toma en serio la actuación. “Para mí”, dice, “actuar es respirar”. Si Jacob Elordi habla con frecuencia de forma ponderada sobre el “proceso” y el “oficio”, es porque actuar en el cine y el teatro —y estudiar a las grandes estrellas de la escena y la pantalla— ha sido su única formación real. “No terminé la universidad, apenas concluí la preparatoria”, dice. “Todo
lo que sé es por los libros y las obras de teatro que he leído”. A Zachary Quinto, quien aparece junto a Jacob Elordi en el próximo thriller He Went That Way, le llamaron especialmente la atención los libros que Jacob llevaba consigo. “Había mucho de filosofía, me parece que podría
haber uno de Nietzsche”, revela. A Quinto le pareció que se trataba de alguien con una profundidad superior a su edad. “No creo que mucha gente de la edad de Jacob sea necesariamente clasificable como buscadora. Hay un verdadero sentido de curiosidad intelectual que probablemente contradice su edad. Vivimos en una época tan definida por las redes sociales y por, ya sabes, búsquedas más frívolas que Nietzsche”.
El australiano vincula su interés por la actuación a su temprano descubrimiento de los libros, los cuales ampliaron su imaginación y le ayudaron a aprovechar un espectro más completo de las emociones humanas. “Alguien dijo que todo ser humano es capaz de asesinar”, me dice, “y me gusta pensar mucho en eso cuando actúo. Siempre está ahí, está en tus huesos, cada trozo de pena o pérdida o felicidad o tristeza que sientes en tu vida está ahí. Únicamente hay que averiguar cómo llegar a ella”.
El precio de la fama
Sobre la mesa de centro de la casa en Twentynine Palms hay un ejemplar de la biografía de Elvis: Last Train to Memphis, de Peter Guralnick. Jacob Elordi lo compró porque vio el trailer del nuevo biopic de “El Rey”, dirigido por Baz Luhrmann, y se dio cuenta de que Presley también había albergado grandes ambiciones en Hollywood.
“Me quedé pensando: ‘Maldita sea, Elvis Presley quería ser James Dean. Quería ser Marlon Brando’. He investigado a casi todos los actores de esa época y lo hice pasar [a Elvis] por un animador y cantante. Pero entonces era un actor”, confiesa Jacob Elordi, quien está haciendo una inmersión profunda, tomando notas mientras lee. “Supongo que estoy intentando aprender de estas personas”, confiesa. Piensa en los actores que le precedieron casi como amigos. “Obviamente, no tengo ningún amigo que realmente haya pasado por lo mismo, así que son casi como faros que me guían”. Hay una entrevista con Elvis que Elordi vio y encontró significativa. “Hablaba y era encantador con la prensa, pero se podía ver en sus ojos que estaba cansado”, dice, antes de lanzarse a imitar a Elvis. “Pensaba: ‘estoy cansado, hombre. Solo duermo cuatro o cinco horas’. Eso es realmente triste para mí, porque es una época diferente y es alguien que ha pasado 10 mil millones de veces todo lo que yo he experimentado, pero es el mismo tipo de sentimiento”.
Ese tipo de cansancio afectó a Jacob Elordi después de El stand de los besos y todavía llega a él —la repentina atención, el implacable escrutinio de su vida personal—. “Quería dejar de actuar, lo que puede sonar bastante sensible y dramático; pero soy sensible y muy dramático. Odiaba ser un personaje para el público. Me sentía muy lejos de mí mismo”, afirma. Por supuesto, no renunció —sino que hizo dos secuelas—, pero, al mismo tiempo, el escrutinio aumentó en los años siguientes. La primera vez que un paparazzi lo fotografió con otra persona, lo aterrorizó por completo. “Me sentí como si, de repente, fuera un póster”, se sincera. “Como si fuera un espectacular. Sentí que estaba en venta. Entonces mi cerebro se puso a prueba. No estaba seguro de ser auténtico. Realmente desvirtúa tu visión... Crea una forma de vivir muy paranoica”.
Al ahora embajador de TAG Heuer le molestaban especialmente ciertas teorías en rincones oscuros de Internet, especulaciones que aseguraban que él mismo llamaba a los fotógrafos para dirigir la atención hacia él. En el rodaje de Aguas profundas, pidió consejo a su coprotagonista, Ben Affleck, quien no es ajeno a la prensa rosa. Lo que le dijo, según recuerda, no fue precisamente tranquilizador. Lo peor, le aseguró el actor de 49 años, es que, en ciertos momentos sombríos, empiezas a sentirte como un farsante y te preguntas si realmente querías que los paparazzi captaran esa fotografía de ti. A Jacob Elordi le preocupa que la atención de los medios de comunicación lo desoriente tanto que adormezca una parte de sí mismo para facilitar su paso por Hollywood. Teme que se apague parte de su fuerza vital y que se reduzca a la cara bonita de un espectacular.
Para algunos en la industria, el deseo de Jacob Elordi de trascender ese rostro apuesto es precisamente su atractivo. Sean Price Williams, quien trabajó como director de fotografía en Good Time, de los hermanos Safdie, dirige a Jacob Elordi en una próxima cinta llamada The Sweet East. Dice que el australiano le recordó a la estrella de Good Time, Robert Pattinson, quien se esforzó por obtener un gran reconocimiento por su actuación después de que Crepúsculo lo convirtiera en un rompecorazones. De hecho, señala, el personaje que interpreta Elordi en The Sweet East fue pensado a partir de un Pattinson post-Crepúsculo. “Conseguimos a estos jóvenes atractivos, consiguen una franquicia y luego, quieren hacer algo un poco más arriesgado”, explica Williams, “que es casi su historia ahora”. Quinto también se refirió al momento de transición en el que se encuentra Elordi. “Jacob está en una parte muy peculiar de su viaje como actor y particularmente como celebridad”, dice. “Son dos cosas muy diferentes. Está luchando por el equilibrio entre esas dos cosas”.
Ahora, Jacob Elordi –amo de los looks con sneakers– teme que las exigencias de ser una celebridad estén desvirtuando las emociones que necesita para ser actor. “El miedo”, dice, es “que ir a pasear a Byron Bay, a mi casa, quizás un día no tenga el mismo valor para mí, porque he lijado todas mis aristas. Que no tenga gusto por la vida. Que únicamente conozca esa forma de ser que implica sonreír, saludar, ser elegante todo el tiempo; no sentir nada, ser siempre el elegante en una situación, saber siempre qué es lo correcto y cómo manejarme. No tengo ni idea. Tengo 25 años”.
Al día siguiente de nuestro encuentro en el desierto, Jacob Elordi me recibe en la casa que alquila en Los Ángeles, que está, literalmente, bajando la colina desde el cartel de Hollywood. También es una especie de museo del cine. El salón está decorado con una foto enmarcada de Clint Eastwood y un póster japonés de Rebelde sin causa; hay cientos de libros apilados en el suelo, entre ellos una biografía de Brando de más de mil páginas.
El joven me cuenta que, después de mi visita de ayer, se encontraba conduciendo por el desierto cuando vio a un tipo asando carne al borde de la carretera con un calor de casi 38 grados centígrados. Eso lo hizo reflexionar sobre lo bien que se encuentra y lo agradecido que se siente por el trabajo que tiene. “Soy consciente de que estoy sentado aquí, en mi casa de mediados de siglo, en el bosque, viendo películas e interpretando pequeños personajes para ganarme la vida”, revela. Sin embargo, uno de sus amigos le dijo hace poco algo que le resonó profundamente: “No importa si te ahogas en un pequeño cuenco de agua o en el océano: te sigues ahogando”. A veces, últimamente, Jacob Elordi siente que se está ahogando. Me recuerda algo que me dijo sobre su personaje Nate Jacobs: “Ese chico está en el océano, hay una tormenta y no tiene vela, ni idea. No tiene un libro de reglas para seguir sobre el tipo de persona que debería ser”.
Jacob Elordi tiene un libro de reglas, hasta ahora, pero está llegando a un punto en el que la confianza que lo ha animado toda la vida se enfrenta a un oleaje de celebridad que no está del todo seguro de cómo navegar. Su principal temor es que la percepción que los demás tienen de él empiece a confundir su propia identidad. “No quiero perder la totalidad de lo que era cuando era
pequeño. Todavía quiero estar en contacto con mi yo más joven, que es todo lo que soy. No quiero verlo todo desde fuera. Quiero estar dentro de él. Quiero verlo todo desde mis ojos”, confiesa.
Jacob Elordi ha estado buscando ese sentimiento lúdico que originalmente lo llevó a actuar y que, recientemente, lo sintió de nuevo cuando asistió al casting de Saltburn en Londres. Llevaba su bolsa de libros colgada al hombro y otros actores conocidos salían de la audición. Se sintió como si hubiera vuelto a la escuela, en Brisbane. “Me sentí de nuevo como un actor”, revela. “Me di cuenta de que cuando estaba en esa sala y se reducía a dos personas que leían la escena, me decía: ‘Esto es lo que significa actuar. Esto es por lo que vengo. Esto es lo que me gusta —el teatro en vivo—. Esto es en el momento. Hay mucho en juego, pero no hay nada en juego’. Siento que me han dado el regalo, me lo han devuelto”.
Fue lo más emocionado que Jacob Elordi ha estado desde que se mudó a Los Ángeles, sin embargo, sabe que esto podría tener un costo. Pienso en algo que dijo antes: “Veo el borde de un precipicio... ¿De qué paso no se puede volver?”. “Estoy muy emocionado”, me confiesa, “pero con eso viene un gran miedo. Creo que eso es lo que te hace seguir adelante”. Le digo que parece que está a punto de dar el salto. “Creo que sí”, dice. “Bukowski tiene esta cosa que es como: si vas hasta el final, ve hasta el final. Puede que acabes en un banco. Puede que acabes en la cárcel. Perderás novias, esposas, familia. Pero si llegas hasta el final, te garantizo que reservarás un asiento con los dioses”.
Artículo publicado originalmente en GQ US.












