Mientras esta conversación con Penélope Cruz tiene lugar, arde la sierra este de Madrid, arde Ávila, arde Toledo, arde la Vall d’Uixó y empieza a arder Castelló. Al otro lado de la pantalla, desde Los Ángeles, en pleno proceso de maquillaje y peluquería para la jornada de rodaje que tiene por delante de la próxima película de Nancy Meyers [un proyecto sin título todavía en el que la madrileña compartirá pantalla con Owen Wilson, Kieran Culkin y Jude Law, entre otros], la actriz dice estar “muy preocupada por los incendios” y “porque haya quien siga cuestionando el cambio climático y un montón de cosas que no son cuestión de opiniones, que son hechos”.
Penélope tiene la extraña habilidad de hacer que las personas que están a su alrededor sientan que tienen toda su atención; al mismo tiempo que contesta mis preguntas sin dejar de mirar al lugar de la pantalla en el que deben estar mis ojos, deja escapar gestos leves de complicidad con la profesional que en ese momento se está encargando del estilismo de su personaje. Ella misma retoma la conversación y la amplía a la relación que la humanidad está desarrollando con el mundo digital y con el cariz político resultante: “se mezclan hechos, opiniones, mentiras, los seres humanos no estamos preparados para asimilar tanta información, es un experimento que está saliendo mal porque es imposible que pueda salir bien, no se puede procesar. Es algo que me genera rabia y pena por las generaciones más jóvenes que se ven obligadas a crecer con eso, me entristece que no puedan compararlo con lo que tuvimos nosotras. Ni siquiera podemos darle un nombre, es algo que está por encima de la política institucional. Me parece un problema gravísimo, ¿cómo contrastar la información y dónde?”.
Durante la charla volveremos a menudo a los jóvenes. “Siento debilidad por ellos, y no estoy hablando solamente de mis hijos, quiero saber qué les pasa, en qué están, qué intereses tienen y al mismo tiempo protegerles de este aluvión de información imposible de asimilar, pero nuestra generación no tiene herramientas para hacerlo, no sabemos lo que es crecer así.”
Es inevitable extrapolar este escenario de nueva tiranías tecnológicas a la cultura y al arte, le comparto mi pesimismo, el miedo a lo que un contexto de emperadores de las big-tech, a través del flujo de datos, reels, tiktoks, inteligencia artificial generativa y conceptos como la “doble pantalla” (escribir y rodar de forma repetitiva y sobreexplicada para que los espectadores puedan seguir películas y series sin perderse mientras miran el móvil) esté haciendo con nuestras cabezas, nuestra atención y nuestra libertad. “Tengo la esperanza de que haya un movimiento de gente que diga que no, que no vamos a renunciar”, responde, “que nos rebelemos contra la idea de que haya seres que nazcan sin la posibilidad de entrenarse en el contacto humano, sin la posibilidad de aburrirse, sin tiempo para estar en esa sensación de vacío donde hay un todo. Si las mentes no tienen eso, es el fin de muchas cosas, además de explicar muy bien por qué ha aumentado tanto en los últimos veinte años la ansiedad o la depresión. No se puede mirar para otro lado y que paguen el pato las nuevas generaciones. Tenemos que negarnos, no vale todo”.
Sobre la inteligencia artificial Penélope hace la siguiente reflexión: “sus aplicaciones en medicina, en investigación, son estupendas, pero en tantas otras cosas ya es un problema que está dejando a millones de personas sin trabajo. Se habla con frivolidad del tiempo libre que supuestamente nos dejará la IA en el futuro, pero se olvida que las personas necesitamos un propósito, algo que nos mueva y dé sentido a nuestras vidas, además de lo peligroso que es ceder a esa forma total de control”, continúa, “lo que provoca una buena película, una buena novela, un cuadro, toca una tecla en nosotros con lo que lo otro no puede competir porque no tiene alma. Mi esperanza es que no somos un trozo de carne y hueso, no practico ninguna religión concreta, me he dedicado desde que era adolescente a estudiar muchas de ellas y no he sentido la necesidad de elegir una para mí, pero sí creo en dios a mi manera y que no solo somos lo que podemos aquí ver y tocar”.
Hay algo en su forma de pensar y de expresarse que invita a la esperanza, un gesto vital que no tiene nada que ver con la inocencia pero sí con una apuesta radical por la imaginación, el deseo y el tesón que requiere llevarlos a cabo, una actitud artística ante la vida que se revuelve contra las amenazas y las ideas estrechas que resulta muy contagiosa. Su personaje en La bola negra, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi aclamada y premiada en su estreno en Cannes, la cupletista Nené Romero, aparece, también, en medio de un fuego que está devorando al país entero, la guerra civil española, y lo hace como una luz que se eleva por encima del miedo y el horror a través de la música, la danza, la empatía y el humor. A las precauciones de los directores, que no se atrevían a ofrecerle el papel por si le parecía pequeño respondió con un “¿Estáis locos? Yo jamás juzgaría un personaje por cuántos minutos está en escena”. Su primera impresión al leer el guion fue pensar “no sé si saben lo que tienen entre manos, son genios” y la inmediata complicidad entre ellos hizo el resto. “El primer encuentro entre Los Javis y yo en realidad fue como un reencuentro, hablamos durante horas de las películas de Pedro, que nos ha enseñado una forma común y libre de ver el mundo, nos sabíamos frases de memoria, nos contamos la vida entera como si fuésemos amigos de siempre”.
Penélope define La bola negra como “poderosa” y está segura de que “llega en un momento clave que va a remover mucho, tengas las ideas que tengas, va a despertar conciencias porque toca un lugar en el corazón que es universal, donde todos hablamos el mismo lenguaje. Al final todos queremos lo mismo”.
¿Cómo se afronta y se prepara un personaje así, que con dos canciones y una conversación define los contornos de la libertad de todo un país y es prácticamente la encarnación de la esperanza misma?, Penélope reflexiona: “Nené responde a mi pregunta de ‘¿qué es el arte?’. Es eso que me daba el trabajo de Pedro, el ballet clásico o escuchar a Prokofiev sentada en el salón de mi casa cuando era adolescente, pasaba por momentos difíciles y soñaba qué quería hacer en el futuro. El arte me salvaba, me daba una guía, un camino. Creo que Nené representa eso”. Respecto a la preparación, “meses de clases de canto, de baile, de montar y ensayar las coreografías. Me encanta poder cantar y bailar en una película, yo bailé dieciocho años de mi vida y cada vez que se lo puedo dar a un personaje para mí es la felicidad. Solo había cantado en Nine y le tengo mucho respeto, lo trabajamos mucho”. Y sigue: “Los dos números son muy diferentes y ella en el escenario habla con esa chulería teatral madrileña, pero en la conversación con el personaje de Álvaro [Guitarricadelafuente] es completamente diferente, son energías muy distintas que requerían un trabajo muy intenso y eso es lo que me gusta de un personaje”.
Según charlamos, la esperanza se va convirtiendo en la dinámica rectora de la conversación y no podemos evitar seguir azuzándola. Tengo la sensación de que nos hace falta a las dos la seguridad que nos hace falta a todos y a todas en estos días. Coincidimos en cómo las ficciones, el arte de otros y otras salvaron nuestras vidas de alguna manera o les dieron un sentido que las marcaron para siempre, personal y políticamente. Le pregunto si piensa alguna vez en que ahora ella es ese icono en el póster, ese ejemplo de sueño, esa fantasía de la posibilidad que es como Nené Romero define el travestismo y la sicalipsis en La bola negra. “Cuando se me acercan chicas y chicos y me dicen algo así me emociona mucho, sé que me lo dicen de verdad, me siento muy afortunada por ser una pieza más dentro de ese grupo de personas que construyen algo más grande como son las películas, algo que puede despertar cosas tan importantes e inspiradoras”.
Respecto a esta forma de entender su trabajo, insiste “Nunca lo quiero ver de otra manera, soy una pieza más de esto que hacemos, ni más ni menos importante que las demás”, y matiza, “Soy un vehículo que en el caso de La bola negra le sirve a Nené para existir, nada más, y me encanta”. Nos sonreímos a través de la pantalla en silencio y me parece que sus ojos brillan un poco, puede ser efecto del eyeliner que acaba de ponerse ella misma o un asomo de emoción, elijo quedarme con el segundo pensamiento, estamos hablando de fantasía y esa me parece muy hermosa. Penélope interrumpe ese momento de silencio. “Tengo tanta suerte, Alana. De pequeña rezaba con todas mis fuerzas pidiendo poder dedicarme a algo que me gustase, ojalá al baile o a la interpretación. Me resulta curioso haberlo tenido tan claro siempre. Te juro que todos los días rezaba por esto”. Le pregunto si sigue rezando: “No lo llamo rezar, pero sí doy gracias por poder seguir dedicándome a esto después de tantos años y seguir disfrutándolo”.
En ese agradecimiento constante se vislumbra algo que tiene que ver con la clase, con esa chica de barrio que ha conquistado el mundo y, aunque sea consciente, tengo la sensación de que no acaba de creérselo del todo. En el trabajo de Penélope Cruz hay una verdad que está relacionada con el lugar del que viene, con una observación de la realidad desde la realidad misma y ser capaz de llevarla a cualquier sitio, da lo mismo que sea un musical, un melodrama social o una película de piratas. Sobre ese privilegio de clase obrera, esa perspectiva enriquecedora que compartimos, dice “Me emociono hablando de mis barrios, Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, me han hecho ser quien soy y no dar por sentado poder dedicarme a esto. Por ejemplo, Nancy Meyers no entiende por qué le doy tanto las gracias, ella me las da a mí por haberle sido fiel, esta película que estamos rodando es muy grande, estuvo a punto de caerse y yo la esperé, a mí me desconcierta ese agradecimiento suyo; en mi barrio, de los valores de mis padres, en lo que he visto, aprendí que hay una ética del trabajo, una forma de hacer las cosas”.
Precisamente sobre el posible divorcio entre una parte de la sociedad, al menos en España, y el mundo del cine, surgido en mi opinión a través de una manipulación política clasista y malintencionada que ya dura décadas, le planteo si Nené Romero, como artista itinerante, como personaje que representa a los cómicos que iban de pueblo en pueblo animando a la gente, puede ser un modo de hacer las paces y que se entienda mejor la profesión de actriz. “Yo no quiero generalizar con esto. Está pasando que hay mucha gente joven que está volviendo a las salas a ver películas de tres horas, que necesitan ese estímulo y no va a dejar que el ritual de ver una película en el cine muera. Lo veo en España y en Estados Unidos y me da muchísima esperanza. En el último año, sobre todo, siento las cosas diferentes. En un mundo, como hablábamos al principio, que se les echa encima, no les dejamos expresarse realmente, tener su voz, solo les echamos la culpa de un montón de comportamientos. Yo soy optimista, aunque al mismo tiempo esté preocupada y asustada por todo, pero elijo poner el foco en lo bueno y ellos lo son. Vamos a hacer esa revolución, no somos puñeteros robots”.
**Créditos de equipo: **
**Maquillaje y peluquería: Pablo Iglesias (NS Management) para Chanel. **
**Manicura: Lucero Hurtado. **
**‘Set design’: Belén Vallejo. **
**Sastre: Nicolas Maire. **
**Ayudante de fotografía: Tom Hill. **
**Ayudantes de estilismo: Emmanouela Megkistou y Paloma Gutiérrez. **
Producción: ALANA.
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